Fernando Aínsa: “Bodas de oro” (poemas)

Le decía a Fernando en una carta de noviembre de 2010 que la vida es en estas Bodas de oro un bucle. Lo decía en 2010 e insisto ahora: es un rizo que se riza como veleidad al alcance solamente de quien no se atosiga en el círculo virtuoso de la edad (estoy entreverando algunos de los versos de su poema “Veleidades circulares”). Y quien no se atosiga en ese círculo virtuoso prefiere seguir como si nada aunque prestando un poquito más de atención a lo que acontece cada día; lo que acontece, lo que le acontece a él y lo que le acontece al otro y a los otros. Pero, además de un bucle (quizá “ese pozo negro en que desagua el tiempo / tras discurrir por tuberías retorcidas hacia abajo”, en la propia perífrasis de Aínsa), Bodas de oro es presente memoria y sereno flujo del futuro, un regresar para rendirse no a la evidencia constatable en los poemas, sino a la revelación más honda de ese relámpago oscuro de la edad. Esa vida que es el “cuerpo de la edad” del poeta. Y es aquí donde Henri Bergson, que tanto me gusta, vuelve a tener razón al afirmar que escribir es mirarse en el espejo de la muerte, pues no es tanto el pasado como el presente lo que se entrega a la extinción de un futuro que está siendo, sucediendo, cada instante. Es asunto complejo este del presente continuo, pero Bergson lo desmenuza con inteligencia. A ésta, a esta inteligencia, digo, han sabido adaptarse los versos de Fernando, quien ya anuncia en el primer poema: “Estas bodas de oro no se festejarán / ¡faltan tantos años! / Mas debieran prepararse con minucia.” Claro, éstos son nada menos que los primeros versos del libro, con lo que el poeta ya ha desmentido la sugestión del título y, al mismo tiempo, rinde su palinodia, su retractación, a una captatio formal. Este esquema es muy horaciano y nos recuerda a aquel rem tene, verba sequentur (teniendo el asunto la palabras vendrán detrás) y más todavía al Difficile est proprie communia dicere (es difícil expresar con propiedad las cosas corrientes), también axioma de Horacio al que Fernando Aínsa se adhiere con una naturalidad pasmosa.

Si la vida (la vida del poeta, al menos) no es un fin regido por la utilidad; si ni siquiera es un fin en sí mismo, el poema “Gustos compartidos” de este libro pausado es, creo yo, el que mejor lo prueba. Es el poema que representa el antiguo mos, o, dicho de otro modo, el arcadismo tomado en su contenido simbólico tradicional. Ese mos; es decir, el hábito del aprendizaje, no es sino el automatismo de la caducidad. Sin embargo, ese silencio tácito que atavía la descripción naturalista de este poema, constituye, precisamente, el resorte activo que a Fernando Aínsa, como escritor, le corresponde constatar. Y, en este sentido, aquel silencio representa el antónimo puro del hábito, del mos; digámoslo en plural: de los mores, de las costumbres útiles.

Verter el hastío en un jardín ajado bajo la inconmensurable mirada de la discreción amorosa, descifrar en palabras y sin tapujos una abulia que sostiene el recuerdo apoyado en  esa pátina de dulzura imperativa; digo imperativa porque de ser en su momento espontánea e instintiva, ahora resulta reflexiva, no agotada ni siquiera por el tiempo, concede a Bodas de oro un valor poco común, escaso en el panorama lírico. En otros términos, Gil de Biedma dramatizó la cronopatología de su ser humano; tuvo valor para hacerlo y, aunque, muy probablemente, Aínsa no conceda a sus textos el mismo que yo aquí afirmo, no me cabe ninguna duda de que lo tiene.

Porque el tiempo es *lo que de verdad pasa+, nos dice verazmente Luis Alberto de Cuenca en Sin miedo ni esperanza. Hace tiempo, y no menos acertadamente, nos dijo Octavio Paz que *no es el tiempo sino nosotros los que pasamos+; lo dijo en Las peras del olmo. Pues bien, ya sea el tiempo el que pase o nosotros los que pasemos por él, Bodas de oro nos es ofrecido, como testimonio personal, por alguien que sabe muy bien cuáles son sus atributos, cuáles las palabras que deben fundarlos; que sabe también situarse sin más rémora en el tiempo que pasa y perfilarse singularmente frente al espejo del tiempo por el que pasamos. Lo hizo ya con novedosa inteligencia en Aprendizajes tardíos (bien que en éstos la memoria desempeñaba un papel fundamentalísimo y uno de cuyos poemas, por cierto, ha sido rescatado para incrustarse en sus Bodas); y lo reitera en éste, un tiempo más que bueno para optimizar el futuro. Mejor: para diluir toda aspiración de permanencia eterna en el pretencioso e impertinente olimpismo al que van accediendo algunos poetas jóvenes actuales ya mayores. Aquellos atributos ponen en evidencia las monografías estilísticas de los realismos árticos y de los antárticos sentimentalismos, y esos atributos nos arrojan, de momento, a los más cálidos trópicos apuntando al paralelo mismo del ecuador palpitante, disolviendo así aquellas inmerecidas aspiraciones. La medida áurea del contenido de estos poemas de Aínsa invita a la introspección en esas referencias que surgen y surgen como paralelos umbrales de entrada a otros ámbitos traídos a este poético que ha sido con claridad sustraído a los libros y a la vida: hay citas en estas Bodas porque, además del lector, Erik Knudsen, Abelardo Linares, Raymond Carver, Lasse Söderberg, Henrik Nordbrandt, Emily Dickinson y alguno más como Platón y Goethe han sido invitados a la ceremonia. Semejante referencialidad no es una simple propuesta erudita, sino un muy seguro homenaje a quienes algo han sabido decirle al poeta en un momento determinado; y ámbito poético robado a la vida porque Fernando Aínsa ha sabido arrebatarle al tiempo lo que le es debido en poemas como “Pérdidas recientes” o en las reflexiones casi aforísticas de “Espejos”. Cobrarle al tiempo las deudas no es rebelarse contra él (algo tan ilusorio como inútil), sino revelarse (ahora lo escribo con ‘V’) en la verdadera dimensión que hemos adquirido como seres sensibles; o sea, en ser conscientes de que el tiempo no nos ha hecho como muy probablemente quiso que fuéramos, sino diferentes, distintos, otros. En este reintegro mucho tiene que ver la comunión de la experiencia lectora y la experiencia vital en su empeño por constituir ciertamente una sola experiencia vívida, intensa, vivida en el mismo plano de interés y escogida como cultivo de materiales poéticos simultáneos, solapados, superpuestos, alternos. La segunda parte del poema inaugural es buen ejemplo de esa superposición planotemporal, de esa comunión de la experiencia y la referencia. Que nadie espere, entonces, encontrar en Bodas de oro ni un ápice de idealismo, o de onirismo, o de abstracción gratuita; ninguno de los elementos que constituyen algunos de los bajos fondos de la poesía, sino que se topará, por el contrario, con lo que la intrahistoria de Fernando Aínsa exige desde el elevado otero de su edad: un naturalismo existencial y una excelsa naturalidad en el decir. Encontrará la exégesis de lo otro y, sobre todo, del Otro que lo formó y que aún lo habita. Textos mediadores entre las cosas y el lector llevado allí, aquí, ahí por medio de un vehículo cuyas mejores y mayores prestaciones son su flexibilidad y su permeabilidad.

Me asombra y admira grandemente la fluidez verbal, la coloquialidad elegante de sus palabras. La rica remembranza sin alharacas, sencilla, de una honda introspección ostensible en los poemas. Desde luego, el libro transita fundamentalmente por el drama con algunas exclusiones; luce como oro sobre la plata, se diluye en aprendizaje, enseña sin ningún tipo de pretensión docente, reflexiona junto al otro en apariencia ausente: el interlocutor conocido, pero situado a la distancia de la cotidianidad, como una sombra móvil ajustada al hábito, inconfundible ya, rotunda e insustituible…

Terminaré con unas palabras que también forman parte de aquella carta de noviembre de 2010 que al comienzo citaba: El drama y la figura (el contenido y la forma) responden al valor ecuménico que debe exigírsele a la obra literaria que quiere serlo. El espacio, Fernando, es el que redunda y rodea la más absoluta intimidad, la que seduce y guarda las cosas que se dicen -o se dirían- en voz baja; es el espacio más concluyentemente habitado, en el que no es posible la fuga ni el engaño; o sí, pero a sabiendas de ser inmediatamente sorprendido y apresado, puesto que ese espacio ya no es el u topós (es decir, el “no lugar”, que eso es lo que significa utopía), sino que es el lugar que ya habitas, el lugar al que has llegado. Ahora bien, cuando se creía haber expuesto todas las preguntas y sabido todas las respuestas, aún quedan; todavía las hay. Quedan preguntas por hacer y por hacerse, e incógnitas por desvelar. Respuestas que pronunciar todavía, todavía…

Bodas de oro es un texto magnífico.

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